lunes, 25 de septiembre de 2017

Etiopía: Sonrisas que llenan de vida - Lourdes Álvarez 2017


África llevaba rondando por mi mente varios años, quizás desde la infancia, cuando estudiaba en el Colegio Hijas de María Auxiliadora de Sevilla. Guardo un grato recuerdo de aquellos maravillosos años, cuando las hermanas salesianas nos contaban historias y anécdotas de las misiones. Yo siempre las admiré, y ahora, aún más, tras haber conocido su garra y entrega. Porque lo dan todo a cambio de nada. Y porque están allí dónde nadie va. Con el tiempo crecí, entré en la universidad, me licencié y comencé a dar mis primeros pasos como periodista, profesión a la que pertenezco en cuerpo y alma, aunque nunca he dejado de lado la enseñanza. Pero fue pasando el tiempo y yo seguía sin dar el paso. África y sus gentes continuaban esperándome y yo estaba segura que tenía mucho que aportar.


En los últimos años, mi experiencia internacional me había llevado a cooperar en varios ocasiones en Centroamérica y en Haití, un pequeño trocito de África en el Caribe, pero ahora, estaba ansiosa por vivir en primera persona todo aquello que había escuchado relatar cuando niña, la infinidad de vivencias y sentimientos que iba a depararme este apasionante, pero a la vez, desconocido continente. ¿El lugar elegido? Etiopía. De la mano de la ONG VidesSur. Muchos me anunciaban que para estar en África tenías que ser de una “pasta especial”, y, ¡cuánta razón tenían! Lo supe nada más llegar. Lo que han visto mis ojos es difícil describirlo con palabras.
 Nos encontramos en Zway, 163 km al sur de la capital, Addis Abeba. Nunca antes había presenciado una realidad tan dura como la que ahora tengo ante mí. El primer sentimiento que me embarga al llegar aquí es la culpabilidad, culpabilidad por llevar la vida que llevo: por vestirme y calzarme todos los días o comer todas las veces que se me antoje, por derrochar la luz, el agua y tantas y tantas cosas.
 
Todo aquí se cubre de tierra y polvo rápidamente. Hasta las pestañas de los niños son naranjas. Te duchas y en cuestión de segundos tienes la sensación de no haberte duchado, en la ropa y en el pelo. A marchas forzadas, aprendes a convivir con las pulgas y con los piojos como si fueran tus mejores amigos y compañeros de batalla. Y mientras caminas por la calle, ten por seguro que tendrás que sortear decenas de vacas y cabras para continuar el paso. Pero no temas, no embisten. Y es que ir a Etiopía es viajar hacia un mundo sin reglas, hacia el caos más absoluto y desprenderte de prejuicios y miedos, ser acosada, literalmente cuando vas por la calle, por niños y niñas, y no tan niños, que te tocan a grito de “you, you” y “money”, especialmente si eres mujer; pero sobretodo, venir hasta aquí, es dejarte llevar, para encontrarte con la naturaleza, y el ser humano en estado puro. Aquí no hay acerado ni normas de tráfico, pero hay que desechar estereotipos y dejar en casa clichés y tabúes para ofrecer siempre lo mejor de ti. Y es que, ya lo decía Madre Teresa de Calcuta: “a veces sentimos que lo que hacemos es tan sólo una gota en el mar, pero el mar sería menos si le faltara esa gota”. Y el cambio comienza dentro de cada uno y hemos de ser conscientes de ello.


Aquí hay pobreza, de esa que mata. No hay más que mirar a los niños y niñas que diariamente acuden al programa de nutrición. Miseria, mucha, de esa que se mete debajo de la piel y duele, porque la mendicidad, y más aún cuando proviene de miradas inocentes, te rasga el alma; pero también tengo ante mí un país fascinante, rico en cultura, rico en tesoros sencillos, el país de las sonrisas infinitas, el país donde los niños son niños, un país lleno de tradiciones milenarias y leyendas mágicas. Y es que Etiopía es el único país en África que no ha sido colonizado.

La ceremonia del café, ese ritual pausado, artesanal y sobre todo aromático que las mujeres etíopes realizan hasta cinco veces al día, acompañado de palomitas y patatas fritas y unos frutos secos picantes que te cortan la respiración. Pero una no puede ir a Etiopía y no probar su café, considerado por muchos como uno de los mejores del mundo. Es la bebida nacional por excelencia en el país. La ceremonia del café es una experiencia de belleza extraordinaria. Y he tenido la suerte de presenciarla en varias ocasiones. Mucha paciencia, eso sí, porque puede durar hasta una hora. Desde el tostado de los granos del café, el molido posterior y su infusión en los preciosos “jabenas” y el aderezo final con mucha azúcar. Ni tampoco puedes ir a Etiopía, y no mancharte los dedos mientras comes la “injera”, pan típico etíope a base de un cereal llamado tej y a menudo avinagrado. 



No podemos hablar de Etiopía sin hablar de religión: ortodoxos, musulmanes, católicos, protestantes y un sinfín más que conviven en perfecta armonía… hasta la persona más atea se vuelve religiosa en estas tierras. Es imposible no contagiarte de su fervor y tradiciones, de sus ritos llenos de cánticos y ritmos difíciles de seguir. Un “faranji”, tal y cómo llaman a los extranjeros en Etiopía, nunca podrá mover los hombros como los etíopes. Hasta el más pequeño detalle evidencia la presencia de Dios aquí. Por un momento, todos creen. Aún recuerdo al muecín llamando a la oración desde lo más alto del minarete de la mezquita más cercana poco antes de las cinco de la mañana, muecín que siempre conseguía interrumpir mi sueño; los cánticos ortodoxos que sonaban durante todo el día, aún me pregunto si era un simple megáfono o una voz en directo, o el coro católico de la eucaristía de los domingos, compuesto en su mayoría por mujeres que, al cantar, emitían unos sonidos, cuanto menos curiosos. Una eucaristía, todo hay que decirlo, de casi dos horas y media de duración en su lengua local, el amhárico. Sermones del sacerdote de los que jamás conseguí entender ni una sola palabra. Para combatir el aburrimiento que se despertaba en ocasiones, mucho, pero que mucho sentido del humor. 


La vida aquí es demasiado dura. Zway es una ciudad que carece de cualquier infraestructura sanitaria y escolar. Por este motivo, las Hijas de María Auxiliadora llegaron a esta localidad hace más de treinta años para apostar por la educación de cientos de niños y niñas. Un esfuerzo y trabajo encomiables que vieron sus frutos  en el College–Universidad, con la especialización en Diseño de Moda e Informática, abriendo la puerta laboral a cientos de jóvenes, un sueño hecho realidad, y el colegio Mary Our Help, donde actualmente se encuentran escolarizados más de 2.500 alumnos y alumnas (en los niveles de infantil, primaria y secundaria) de todas las religiones, provenientes, en su mayoría, de familias vulnerables y en riesgo de exclusión social. La labor de las salesianas ha supuesto un antes y un después para la localidad y la población lo sabe. Las familias estarán eternamente agradecidas.

Entrar en el campus de Mary Help es como atravesar una burbuja. Un recinto donde se respira paz, rodeado de jardines bien cuidados. Miro las fotos y me siento orgullosa. Yo misma he contribuido a que esto sea posible, preparando el parque infantil con toboganes, balancines y columpios, y limpiando las zonas verdes. Ahora, cientos de peques pueden disfrutarlo. Pero también he contribuido al aprendizaje y al empoderamiento de los adolescentes (de entre 13 y 16 años) durante la celebración de Camp Zway, un proyecto impulsado por la Asociación Feel Adwa, conscientes de la importancia del aprendizaje del inglés en un país donde más del 50% de la población continúa siendo analfabeta. Hemos apostado por la educación como el arma más poderosa para poder cambiar el país, porque en los niños y niñas está el futuro y son agentes de cambio. Pero también hemos formado al profesorado y hemos regalado nuestros conocimientos, herramientas y recursos, un profesorado entregado y comprometido. Durante tres semanas, aprendizaje y entretenimiento han ido de la mano. Y no nos olvidemos del oratorio, porque Camp Zway es más que una escuela. Camp Zway es alegría y juego y hasta aquí acudían todas las tardes pequeños y no tan pequeños para la realización de diferentes actividades deportivas, manualidades, baile o canto. Un lugar que durante unas horas les permitía soñar, un lugar con una máxima, el cariño y la entrega.



Gracias infinitas a todas las hermanas salesianas, con ellas me he sentido siempre en casa, y gracias infinitas también a VidesSur y a Feel Adwa por permitirme formar parte de esta maravillosa iniciativa. 


La experiencia en Zway me ha enseñado a valorar la vida aún más si cabe, mi vida, a valorar las pequeñas cosas. Suena a tópico, pero sólo cuando estás en contacto con esa realidad que te parte el alma y que te marcará por siempre, es cuando empiezas a prestar atención a las cosas verdaderamente importantes. Porque materialmente no tienen nada, pero emocionalmente están llenos de vida, porque si tienen salud y amor, nada les falta. 


Zway y la vitalidad de sus gentes me han enseñado también que uno tiene que aprender a vivir su vida con dignidad, porque ellos viven la pobreza de una manera muy digna. Una continua lección de vida porque te demuestran que el cambio es posible, que sólo hace falta luchar con todas tus ganas y querer cambiar las cosas. ¡Cuántas ganas de aprender! Siempre agradecidos y con una sonrisa en su rostro.


Etiopía es un país de tradiciones, sí, un país con una riqueza cultural enorme, pero también es un país de hambruna y sufrimiento. Pero por encima de todo, Etiopía es el país de las sonrisas, sonrisas que te llenan de vida y que te contagian alegría y entusiasmo. Y es por esas sonrisas, que volvería a pisar esta tierra una y otra vez. No nos olvidemos de Etiopía, yo no me olvido.



Lourdes Álvarez Pérez

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